Gracias, Valencia

Foto: Lázaro de la Peña www.valenciacf.com

Artículo propiedad de David Maroto / @davidmaroto en colaboración con @PlusFutbol

El destino no le tenía guardaba una agradable parada a los viajeros del Valencia, la justicia decidió ser injusta sobre la brillante moqueta glauca de Mestalla y el karma se convirtió en lo que más odia. Todo, absolutamente todo, para transportar al Valencia del éxtasis más descontrolado a la decepción más dolorosa.

Este trastorno histriónico tiene su punto A algunas horas atrás del momento de la transformación. Los aficionados chés, engalanados y con una lúcida brillantez en sus ojos ilusionados, llegaban al santuario mucho antes de lo normal. Valencia tenía ese color que solo se puede apreciar en las grandes ocasiones, en las que toda acción cuotidiana desemboca entre las avenidas de Suecia y Aragón. Atuendos naranjas, la senyera ejerciendo como tal y los cánticos que adornaban las calles de la capital del Turia, que hoy no terminaba en el mar. Los valencianistas demostraron elegantemente todas aquellas propiedades que le caracterizan. Humildad, entrega, pero sobre todo, respeto. Bares aledaños a Mestalla, plagados por sevillistas y chés coexistiendo en armonía, algo impensable en tierras andaluzas, como bien sabemos los valientes que estuvimos en el Pizjuán.

Llegaban los guerreros y los soldados se apartaban, aplaudían y alentaban a una serie de hombres que lo necesitaban, y que por supuesto, supieron introducir a todos ellos en lo más hondo de sus pensamientos. Los huecos de Mestalla iban desapareciendo y las bufandas comenzaban a tomar el cielo iluminado por los focos de un estadio convertido en templo. En frente, un rival duro, correoso y acongojado ante tal espectáculo ambiental. Los focos bermejos enmudecían ante el tronador sonido de una curva que ya daba la vuelta al completo.

Comenzaba el encuentro y también el sufrimiento sevillista provocado por el galopante empuje ché. Grano a grano, jugada a jugada, el Valencia del Lagarto fue creyéndose sus propios hashtags hasta llegar al punto de verse justo vencedor. Los milagros sí existen, prueba de ello fue la épica remontada al Basilea, amenazada por ser sustituida por otra aún más imperiosa. Olés, Mestalla de pie y una misma premisa, lo hemos vuelto a conseguir. Pero no fue así, en el momento más cinematográfico, en el instante más dramático, el Sevilla, desde el suelo, resultado de un K.O. demoledor, se levantó y empujó el balón hasta dentro de la portería de Diego Alves, llevándose así un premio que no se merecieron en ningún momento. Premio que un colegiado esloveno les ayudó a conseguir, y que, para sorpresa de muchos, celebró con cierta efusividad un entrenador que ha llegado a donde está gracias al rival al que acaba de humillar con sus gestos ‘canis’ y descontrolados. Luego en rueda de prensa, el señor Emery se aventuró a contestar a las preguntas de los medios de comunicación que no faltó el respeto al graderío de Mestalla, respuesta que bien merece la retirada de la insignia de oro y brillantes, con la que estaba engañando al Valencia.

La imagen más dolorosa, pero seguramente también la más pedagógica –porque a partir de este momento nunca dejarán de sentir este sentimiento-, fue la de tantos y tantos niños llorando, cubiertos por los brazos de sus padres y los ánimos de la restante familia valencianista, que apoyados unos por otros, escuchó el cruel pitido final, mientras los visitantes demostraban una vez más su paupérrima deportividad.

La llegada a casa tras el paseo por las frías y silenciadas calles de Cardenal Benlloch, Gran Vía o  Blasco Ibáñez se convirtió en el paño de lágrimas y en un enorme muro de las lamentaciones. Ya sentados en el sofá, tumbados en la cama o en el balcón fumando un intrínseco cigarro, todos llegamos a la misma conclusión: el Valencia Club de Fútbol es un sentimiento que no perece ni caduca, sino que se reproduce y se agranda, que las caídas sirven para fortalecer la armadura y que por muchos golpes que recibamos, nunca dejaremos de ocupar nuestro lugar en Mestalla. Por ello, gracias Valencia. Hoy estamos orgullosos de ti.

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